1/6/10

El tapial de la Vieja Aurora

Jugar a la pelota en el campito del barrio del hospital, era jugarse la vida. Sí, así como están leyendo. Y no estoy hablando de perder la vida metafóricamente, como siente uno cuando erra un cabezazo debajo del travesaño. Ni siquiera, mirá lo que te digo, de arriesgarse la reputación de futuro crack ante la prensa local, por tirar una rabona cuando tu equipo va ganando once a cero. No hermano. Estoy hablando de morirse en serio. De dejar de respirar. Pum. Desaparecer de la faz de la tierra.

Fifo, Rúben, el Cofla, Maurito, Wenses, el sobrino de Fabricio y el Jano, cualquiera de ellos podría salir de testigo para que no anden batiendo que soy un chamuyero. Pero hoy ninguno está con nosotros. Y todos alguna vez jugaron en la canchita del barrio del hospital.

Se dice que todos desaparecieron en circunstancias parecidas. Lo que siempre se comenta es que todos los que ya no están, tuvieron que saltar el tapial de la casa de la Vieja Aurora a buscar alguna vez la pelota. Estas desapariciones, obviamente no ocurrían cada vez que la pelota cruzaba el maldito tapial, porque sino no quedarían más pibes en el barrio. Y por lo tanto estaríamos hablando del único barrio del país donde no se juega a la pelota.

Para los que nunca escucharon hablar de Aurora, era la vieja que cuidaba la casa del finado Zarate, hombre muy ligado a la política provincial, y uno de los fundadores del Tiro Federal del pueblo. Se dice que la vieja truchó los papeles para quedarse con la propiedad. Desde que Zarate murió, nadie más entró a esa casa. Salvo ella y su quichicientos gatos mugrientos. Muy pocos la pudieron ver alguna vez. Sólo aquellos que cruzaron el tapial y tuvieron la suerte de volver. Aseguran que tenía una joroba horrible. Algunos creen que era de tanto andar agachada enterrando las pelotas que volaban desde el campito. Otro comentan por lo bajo que la Vieja Aurora los mataba y se los comía, y que por eso su joroba crecía enormemente.

¡Salimooo! - fue lo último que se le escuchó decir a Fifo mientras reventaba la pelota en lugar de salir jugando, dándole el pase al pie a un compañero. Todos miraron al cielo siguiendo la de gajos que se perdía entre las nubes, para ir derechito a la casa de la Vieja Aurora. Todos miraron a Fifo como sabiendo que era la última vez que lo veían, tratando de mirarlo mucho por si no volvía del otro lado del tapial. A pesar de que Fifo no volvió, el partido tuvo que terminarse porque había mucha plata y cajones de cerveza en juego. Además no quedaban fines de semana libre para terminarlo por el tema de las fiestas y después ya venían los corsos y se complicaba.

Del caso de Fifo ya van a ser cinco años el veinte de diciembre. Es el día de hoy, y te lo juro porque me caiga muerto acá, que a pesar de todo se sigue jugando al fútbol en esa canchita. Y lo curioso, es que cada día salen mejores jugadores. No se si será por ese mito que anda dando vueltas, de que todos los que desaparecieron fue por reventar la pelota a lo de la Vieja Aurora, en lugar de salir jugando. Pero hoy en el campito del barrio del hospital, cada vez se juega más lindo al fútbol. Mirá que la canchita casi no tiene césped y está lleno de pozos. Pero si vieras cómo el arquero sale jugando con el central, y éste la pisa y con la pera levantada se la da redondita al cuatro, que de primera la toca para el volante central y enseguida le pasa por la espalda picando al vacío para buscarla nuevamente, y amaga que va a tirar el centro pero levanta la cabeza, y ve que viene entrando el siete por la otra punta, y le hace un cambio de frente perfecto, que el siete la baja como cuando uno intenta agarrar una burbuja con la mano para que no se le reviente, y queda mano a mano con el arquero rival que le sale, pero el siete le amaga para acá y ahora le quiebra la cintura para allá desparramándolo como si fuera un títere al que le cortaron los hilos, y ahí queda de frente al arco vacío lleno de gloria para darle un pase suave, una caricia a la red que se infla orgullosa a pesar del gol en contra, abrazándose con ese puñado de hinchas que gritan desaforados contra el alambrado.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué buen relato! me sentía presente en el campito del barrio del hospital,ja!el baldío!...no sé por qué, me imaginaba constantemente al de al lado de lo de Van D...aunque de ese se volvía sano y salvo!
Besos bro!

Paloma dijo...

Muy bueno.